viernes, 19 de agosto de 2016

Qué hacemos con nuestra adolescencia adulta?

Ayer estuve en la escuela de mi hijo.  Conversando con los directivos acerca de la dificultad actual de motivar y guiar a los adolescentes hacia horizontes con sentido.
Veíamos que el nudo más acentuado se presenta precisamente en los adultos.  Nosotros, los actores de esta etapa de "madurez" realmente adolecemos bastante de sentido común, compromiso, responsabilidad ante nuestros actos y sus consecuencias... por eso, es sumamente complicado poder transmitir esos valores a las generaciones que nos suceden.
En esa puesta en debate de la realidad que nos contiene, veíamos que el estado actual de la "sociedad" es un sinsentido que desdibuja los roles, los límites y los valores.
Ropa homogénea para todas las edades, desdibuja el rol del niño respecto del rol del adulto, por ejemplo.
Los ritos de paso se han olvidado ó banalizado a tal extremo que producen su efecto contrario.
Un rito de paso es aquel que instala, en la construcción psíquica de las personas, un antes y un después con compromisos, responsabilidades, derechos y obligaciones diferentes.  Hoy en día carecemos de ellos.
Ayer, durante la conversación, comentaba el interés de mi hijo por el animé, su asombroso don para este tipo de dibujos, y el interés que tiene él en dedicarse a eso.
Hoy revisando esta conversación, me asaltó la idea del éxito fácil que se ha instalado en nuestro modo de vida, y que drena en cada acto cotidiano, machacado hasta el hartazgo desde la publicidad mediática.
Ayer, sin más, vi una publicidad donde el hermano mayor pide a la mamá que regale también a su hermano menor un teléfono (porque la promoción de venta incluye dos equipos) porque "es un youtuber en potencia".
O las demás publicidades, donde el apuesto joven conquista a la perfecta joven por el aliento que le da un chicle, o la relación armoniosa de la pareja gracias a un vino, o el disfrute de un lugar paradisiaco por un perfume... y ni hablar de las tarjetas de puntos que te acercan a lo más deseado...
todas puestas en escena de logros sin esfuerzo...
Ustedes dirán, bueno pero todos sabemos que para conseguir tal o cual cosa hay que trabajar...
pues yo creo que eso no está para nada claro, y menos con los jóvenes criados con acceso irrestricto al bombardeo permanente de estos discursos, sin ningún tipo de reflexión crítica ó acompañamiento adulto.
Porque los adultos han elegido centrarse en el trabajo que garantice el acceso a los bienes materiales a los que aspiran, y en cierta forma han terminado "escondidos" en sus rutinas y compromisos para no asumir la responsabilidad de acompañar y educar de manera crítica y reflexiva a sus hijas e hijos, porque faltan herramientas emocionales, espirituales, intelectuales para ello.
Y la vorágine de la rutina social nos arrastra, los pequeños intentos particulares de dar a nuestras hijas e hijos otra mirada sobre el mundo, la realidad, las aspiraciones personales y los procesos son amortiguados y silenciados por la gran presión que sufrimos del entorno hacia los núcleos.
Dentro de todo este mar de pensamientos, me sonó muy fuerte una reflexión de nuestro genial, y por ello olvidado, filósofo Rodolfo Kusch que habla de llenar el vacío existencial que vivimos:
imagen tomada de internet
"¿Pero cómo sería un mundo lleno y no vacío como el nuestro?  Lo podemos inferir de los modestos amuletos que el indio usa.  Estos suelen ser de dos clases.  Unos son los 'guacanquis', que consisten en simples piedras oblongas, y otros, los 'huarmi munachi'
, término éste cuya traducción literal es 'querer mujer'.  Estos últimos están hechos en piedra y suelen representar un hombre y una mujer abrazados.
Pero estos objetos, además de ser muy pintorescos, tienen una rara trascendencia, especialmente para el indio.  Veamos porqué.  Según un cronista indígena, el varón y la mujer no eran, para los indios del imperio inca, solamente dos sexos, sino que constituían nada menos que la encarnación de dos principios regentes del mundo, algo así como el 'yin' y el 'yang' chinos.  Por este motivo, desde el sol y la luna, hasta el hombre y la mujer, todo estaba sumido en una tremenda tensión vital, que sólo se remediaba mediante el equilibrio de los opuestos.
Un amuleto como el 'huarmi munachi', entonces, no solo servía para conseguir la mujer, sino que además, el casamiento resultante simbolizaba, como ya dijimos, el equilibrio del universo: como si el sol y la luna se uniera, y la divinidad recobrara su inmóvil eternidad.  En este sentido el indio se unía a la mujer para curar la tensión vital del mundo, se hacía cargo de éste y cumplía con la divinidad.
Y nosotros, que no tenemos ningún compromiso con un mundo vacío, ¿de dónde sacamos la tensión vital?
Pues la inventamos.  Vivimos para el empleo, para la fama o para la mujer que deseamos.  Conseguimos el cargo, la fama y la mujer y luego... ¿Luego qué? Pues, nada.  Simplemente debemos esforzarnos en crear nuevas tensiones.  Y somos en este sentido, los snobs de la vida, porque en el afán de renovarnos perdemos el sentido de la profundidad, de tal modo que el amor, la muerte o el nacimiento se confunden con el disco nuevo, la teoría reciente ó el autógrafo.
Y es natural.  El indio estaba con un pie en el suelo, y con el otro en lo sagrado.  Nosotros, en cambio, somos rengos: estamos con un pie en el cemento y con el otro en el vacío.  Así no queda otro remedio que buscar un equilibrio mezquino, asumir la religión de la novedad."



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